La laja con el crucifijo en la cima del Pico San José, con las montañas de fondo.

Bitácora de expedición · La Cimarronera, Táchira, Venezuela

Un viaje,una meta,un destino

En busca del Pico San José

La ruta, día por día

Parque Nacional General Juan Pablo Peñaloza

  1. Día 1Lunes 17 de abrilValle de la laguna Río Bobo
  2. Día 2Martes 18 de abrilCueva de Piedra Grande
  3. Día 3Miércoles 19 de abrilEntre dos piedras, sobre las seis lagunas
  4. Día 4Jueves 20 de abrilPico San José
  5. Día 5Viernes 21 de abrilUn potrero, al pie de la montaña
  6. Día 6Sábado 22 de abrilDe regreso en casa

Antes de salirCharallave y San José de Bolívar · marzo y abril de 2017

La preparación

Un sueño escrito dos años antes

Charallave, 13 de marzo de 2017

Micrometa

Abrir una ruta de trekking que comience en la laguna Río Bobo y avance hacia el sur del parque, por todos los picos, hasta llegar al pico El Lajón, y ubicar la montaña que bautizaré como Pico San José.

Pasaré cinco días en La Cimarronera, solo, para encontrarme conmigo mismo y con mi soledad: organizar ideas, buscar mi propósito de vida y establecer metas a mediano y largo plazo. Lo haré aplicando las técnicas de meditación que aprendí: primero, encontrar el silencio absoluto; luego, entrar en la meditación de la respiración y, por último, aplicar el método de concentración. Todo esto, para escribir metas claras para mi familia.

Fecha: del 17 al 21 de abril de 2017.

Lugar: Parque Nacional General Juan Pablo Peñaloza, «La Cimarronera». San José de Bolívar, municipio Francisco de Miranda, estado Táchira, Venezuela.

Observaciones

Con esta meta inicia mi camino hacia la prosperidad y la paz interior. Comienza una nueva oportunidad de vida, y será el inicio de un camino por recorrer en tierras lejanas. Doy gracias a Dios por la vida, y que San José me guíe en esta nueva etapa.

Documentaré todo el viaje: la hora de levantarme, la de las comidas y la de acostarme. Marcaré el camino con mojones de piedra —tres piedras, una encima de otra, en tres columnas— cada 500 metros. Verificaré constantemente la ruta orientándome con la brújula; anotaré observaciones importantes, como piedras grandes, lagunas y sus formas; mediré el tiempo que se tarda de un punto de abastecimiento de agua a otro, y filmaré y fotografiaré los nuevos paisajes explorados.

San José de Bolívar, 13 de abril de 2017

Hoy se cumple un mes de haber salido de mi casa en Charallave. Estoy en mi refugio, el lugar donde me crié: la casa materna. Hoy, con muchas fuerzas, he decidido llevar a cabo mi viaje, a pesar del clima lluvioso y de un pequeño inconveniente que tuve hace unos días: estaba corriendo por la vía que va hacia El Altico, como parte de mi entrenamiento, pisé una caña y se me dobló el tobillo. Me quedó un dolor fuerte en la rodilla derecha y me costó regresar al pueblo.

Hoy, a solo cuatro días del viaje, me siento mejor: el dolor del tobillo y de la rodilla va desapareciendo. Ya tengo más de la mitad de las cosas que llevaré a la montaña. Ya hablé y cuadré con la persona que me llevará en moto hasta la Estación de Truchicultura en Los Pajuiles, donde comienza el trekking. Tengo lista la comida y los instrumentos de supervivencia, y también una nota* donde especifico cuál va a ser mi ruta, por dónde pasaré, en qué puntos haré campamento y cuántos días estaré en la montaña. La enviaré el mismo día que salga, el 17 de abril, porque no quiero preocupar a la familia: el viaje lo haré solo, y si se enteran antes, no me dejarán ir.

* La nota completa está al final, en el anexo «Carta a mi familia».

San José de Bolívar, 14 de abril de 2017

Hoy, al terminar el viacrucis viviente, me fui a hacer las últimas filmaciones aprovechando que las cruces estaban solas, y sin querer tropecé y apoyé la rodilla derecha sobre una piedra. ¡Uf, qué dolor, y a solo tres días del viaje! Bueno, a ponerme Dencorub y una venda, que eso lo arregla rápido.

San José de Bolívar el día del viacrucis viviente, 14 de abril de 2017.
Las cruces, ya solas. Ahí me golpeé la rodilla, a tres días del viaje.

Ya en casa de mi madre, empiezo a verificar todo y a estar pendiente de los detalles. Trato de visualizar el viaje, porque he aprendido que a las metas, además de escribirlas y darles fecha y propósito, hay que verse cumpliéndolas. Por eso esta noche he tratado de concentrarme en el viaje, pero ha sido imposible: son muchas ideas en mi cabeza y mucho ruido a mi alrededor. Espero que estar solo en la montaña me ayude a aclararlas. En lo único que pienso es en comenzar este sueño que tengo en la cabeza desde hace dos años, y hoy estoy más cerca que nunca. El dolor en la rodilla no es obstáculo cuando el poder de la mente lo puede todo.

Día 1Lunes 17 de abril de 2017

El gran día llegó

Ruta
Truchicultura (Los Pajuiles) → El Pino → laguna Río Bobo
Noche
Valle de la laguna Río Bobo
Clima
Frío en la mañana, tarde despejada

Me levanté a las 5:00 a. m. para terminar de armar el morral y preparar el desayuno y el almuerzo para llevar. Estaba algo preocupado, porque en la noche llovió y amaneció brisando. A las 8:00 llegó Yacson en la moto; me puse el morral, me subí y fuimos a su casa, porque él tenía que buscar su bolso y abrigarse para el viaje. Ya preparados, y sin lluvia, gracias a Dios, comenzó el recorrido en moto hacia Los Pajuiles. Fue complicado para mí: el morral pasaba de 20 kilos y, como lo llevaba a la espalda, el peso me tiraba hacia atrás. Unos 30 minutos después llegamos a la Truchicultura, el lugar donde comenzaría a pie. Con las manos dormidas por el frío y por haberme agarrado duro de la parrilla de la moto para no caerme hacia atrás, comenzó mi aventura en la montaña.

8:45 a. m. Empecé a caminar con un clima frío, pero sin lluvia, gracias a Dios. La carretera de tierra que va de la vía principal hasta la casa del señor Enrique se hizo larga. Es un trayecto muy cómodo para caminar, pero tedioso, porque todavía estás en la civilización y no entras en contacto con la naturaleza.

Al rato ya estaba en casa del señor Enrique y, para mi sorpresa, me encontré con dos caballos que vinieron hacia mí. Fue como una bienvenida. El caballo blanco fue el primero en recibirme: se acercó tanto que pude sentir su fuerza. Es un animal manso y dócil, pero a la vez fuerte y salvaje. Allí me tomé varias selfis con mis nuevos amigos y seguí rápido mi camino, porque andaban buscando algo de comer y por un segundo casi se comen mi pasamontañas.

La bienvenida en la casa del señor Enrique.
El caballo blanco: manso y dócil, pero fuerte y salvaje.

Dejé a mis amigos atrás y entré a la montaña. En ese instante hice la oración que siempre acostumbro: le pedí al dios y protector de las montañas permiso para entrar en su territorio, que hiciera liviana mi carga y que me iluminara el camino, un camino despejado y claro, seco y sin obstáculos. Y comencé a disfrutar de la naturaleza. Solo escuchaba mis pasos, mi respiración y el canto de los pajaritos. Una paz increíble, que he tratado de explicar y para la que no consigo palabras.

Los primeros kilómetros, con más de 20 kilos a la espalda.

11:00 a. m. Primera parada: El Pino. Llevaba buen tiempo y el camino había estado tal cual lo pedí. Sentí un malestar en el muslo derecho, la misma dolencia que tuve en agosto de 2013, cuando viajé a Ecuador e hice el ascenso al volcán Cotopaxi; en esa oportunidad me costó mucho caminar. Ahora volvía el dolor, pero en ese momento no le di mucha importancia: mi mente bloqueaba cualquier dolor. Recargué fuerzas con agua y papelón. Debía hacer una parada de 30 minutos para descansar, pero al mirar hacia el camino que va a la laguna Río Bobo vi unas nubes muy oscuras que comenzaban a descender. Tomé previsiones: saqué el impermeable, tapé el morral y comencé a caminar enseguida, sin descansar. Me preocupaba que me lloviera, y todavía me faltaba camino por recorrer.

El Pino, primera parada del recorrido.

El trayecto de El Pino hasta la laguna fue rápido: solo me tomó media hora; no me llovió y el camino estuvo seco. Ya en el valle de la laguna Río Bobo, me apresuré a armar el campamento por si llovía, porque estaba todo tapado de nubes. Mientras sacaba las cosas del morral, organizaba la carpa y calentaba el almuerzo que había preparado en la mañana, el día se aclaró. Cuando me senté a comer, vi todas las montañas despejadas, sin una nube y con un sol resplandeciente. ¡Guao, qué cambio de clima tan drástico!

Laguna Río Bobo: «El agua es vida».
El primer campamento, en el valle de la Río Bobo.

Después de almorzar y reposar varios minutos, y con el clima tan bonito, decidí hacer un recorrido hacia la laguna de Los Patos. Desde esa altura se observa un paisaje espectacular; hay un silencio absoluto y reina una paz inmensa. Después de la caminata regresé al campamento, saqué mi cuaderno de apuntes y revisé el menú del día y mis anotaciones sobre qué hacer, para tener en cuenta todos los detalles y llevar la aventura tal cual la planifiqué. El sol seguía en todo su esplendor y el calor era bastante fuerte, así que saqué el jamón y el queso de la carpa y los metí en una bolsa dentro del riachuelo que pasaba al lado, para que se conservaran con el frío.

Vegetación de páramo frente a la laguna, en la tarde despejada.

4:00 p. m. Decidí aprovechar el clima que me regalaba el día e hice un segundo recorrido, hacia la laguna que está mucho más arriba de la de Los Patos. Era la primera vez que iba a ese sitio. Caminé por debajo de una roca inmensa que destila agua a chorros, hasta encontrarme con la laguna: es tan grande como la Río Bobo. Había varios patos y todo estaba despejado. Al acercarme a la orilla encontré una piedra grande que parece un muelle; allí descansé un rato, tomé agua y me lavé la cara para refrescarme.

La roca inmensa del camino.
Primera vez en esta laguna.
La piedra que parece un muelle.

Alrededor de las 5:00 p. m. comencé a descender hacia el campamento y, poco a poco, apareció el dolor en la rodilla derecha, hasta el punto de que me costaba caminar. Con varios descansos, y caminando muy lento, logré bajar hasta la carpa. Quería ponerme Dencorub y la venda, pero no lo hice: el sol ya se había escondido y quise aprovechar los minutos de claridad que me quedaban para preparar la cena.

Ya de noche, dentro de la carpa y después de cenar, me apliqué Dencorub en la rodilla y me puse la venda para aliviar el dolor. Agarré mi libreta y comencé a escribir la bitácora del día. Toda la tarde estuvo despejada, con un sol radiante y sin corrientes de aire frío. Estoy muy agradecido con mi Dios por regalarme un día tan hermoso.

La bendición para mi familia, y que la Virgen me los cuide. Amén.

Día 2Martes 18 de abril de 2017

La cruz en la neblina

Ruta
Río Bobo → Cruz de los Emparamados → laguna Grande → laguna La Iguana → Piedra Grande
Noche
Cueva de Piedra Grande
Clima
Neblina espesa; sol a las 4 p. m.

Buenos días, montañas. Buenos días, Cimarronera. Gracias, Dios, por darme un nuevo amanecer. Toda la noche llovió, pero hizo poco frío, y el dolor en la rodilla desapareció. Me levanté como a las 7:00 a. m.; no llovía, pero estaba nublado. Preparé el desayuno como lo tenía previsto.

Saliendo de la Río Bobo, con la neblina bajando.

Una anécdota: cuando fui a buscar el jamón y el queso que había dejado en la bolsa dentro del arroyo, la bolsa estaba llena de babosas de agua por fuera. Las quité con un palo y revisé bien que no se hubieran metido. Menos mal que fui precavido: le puse tres bolsas, las cerré muy bien y les coloqué varias piedras encima, por si llovía fuerte y se las llevaba la corriente. Por dentro todo estaba limpio; gracias a Dios, se salvaron el jamón y el queso. Me tomé un cafecito al lado de la laguna Río Bobo y le di gracias por acogerme esa noche en su valle.

9:00 a. m. Comencé a caminar hacia la Cruz de los Emparamados. Mi ruta prevista era pasar por una laguna seca que está en la cabecera de la Río Bobo, pero decidí desviarme hacia el sur de la laguna para explorar cinco lagunas de ese sector que nunca había visitado. Traté de ubicarme con la brújula para trazar la nueva ruta, pero fue imposible: la neblina era muy espesa y no se veían las montañas. Gracias a mi experiencia en supervivencia y a que conozco muy bien este valle, supe orientarme y caminar hacia la cruz sin guiarme por mapas.

Mi segunda anécdota: al llegar a lo alto de la montaña, en la última laguna antes de la cruz, la neblina era tan espesa que, al rodear la laguna para tomar buenas fotos, perdí la orientación. Después de caminar unos 20 metros descubrí que me estaba regresando por donde había subido. Corregí enseguida, volví a la laguna y la pasé por el lado derecho, rumbo a la cumbre. Arriba no se veía nada. Dejé el morral al lado de una piedra y empecé a explorar el terreno hacia la derecha, pero después de unos diez minutos no encontré la cruz y decidí regresar. De regreso logré ver el camino que va hacia el valle de La Ciénaga: estaba a solo 20 pasos de donde había dejado el morral, a mano izquierda. Ya ubicado, y sabiendo hacia dónde caminar para encontrar la cruz, saqué un pedazo de panela y agarré fuerzas para continuar. Con el morral a la espalda comencé a caminar y, para mi sorpresa, a unos 30 pasos me encontré la cruz. La tenía ahí mismo, pero la neblina era tan espesa que no la había visto.

La Cruz de los Emparamados, escondida en la neblina.
En la cruz, por fin.

11:00 a. m. Llegué a la cruz. Hice mis anotaciones y esperé un poco a ver si aclaraba para tomar la nueva ruta hacia el valle de Piedra Grande. Explorando el sector, vi en lo alto del mástil de la cruz unas iniciales, YK y AF, oxidadas pero bien definidas. Esas marcas las hice hace unos 15 años y, a pesar del paso del tiempo, todavía se ven. Una alegría me inundó el corazón; pensé en la familia.

Las iniciales, oxidadas en el mástil 15 años después.

Con la brújula en la mano ubiqué el próximo punto y comencé a caminar. El trayecto es todo de bajada hasta la laguna Grande; por la lesión en la rodilla lo hice con calma, despacio, hasta encontrar un camino bien definido que lleva a mi destino. Por ese camino pasé por varias lagunas donde, en época de verano, los visitantes escriben sus nombres con piedras; esta vez las vi llenas de agua, y era un espectáculo muy bonito. Pasé por la laguna Grande y por la laguna La Iguana —la llamo así porque en Google Maps se ve que tiene forma de iguana— y por fin llegué al valle de Piedra Grande. ¡Qué alegría y qué emoción! Llevaba más de 25 años sin visitarla. Aquella vez fui sin carpa y sin la preparación que tengo ahora: dormí debajo de la roca, sin carpa y sin saco de dormir. La cosa era más rudimentaria.

Nombres escritos con piedras en una laguna, ahora cubiertos de agua.
Piedra Grande, más de 25 años después.

Ya en el sitio, a las 12 del mediodía, revisé que no hubiera ningún animal, culebra o algo parecido debajo de la roca. Todo estaba excelente: Piedra Grande me estaba esperando. Con mucha preocupación empecé a sacar mis cosas del morral y a revisar la bombona de gas de medio kilo que llevaba, porque durante todo el camino sentí olor a gas. De hecho, en dos oportunidades me detuve a revisarla y cerrarla bien, pero nada: tenía una fuga y no sabía cómo arreglarla. Preocupado por quedarme sin gas, preparé el almuerzo muy rápido; después de hacer un guarapo caliente cerré la bombona y, listo, dejó de escapar el gas. Gracias a Dios, porque todavía me quedaban cuatro días en la montaña.

Armé la carpa dentro de la cueva, porque afuera el pasto estaba mojado y corría mucha brisa; en cambio, debajo de la piedra estaba seco y no había viento. La carpa cabe perfectamente: el lugar es muy espacioso. No le puse el sobretecho porque no hacía falta; la roca me protege si llueve. Algo que sí observé con preocupación es que alrededor de la piedra hay mucha basura. No sé si la gente no la saca porque queda muy lejos, o si es que no tiene conciencia de montañista y solo va a la montaña a contaminar. Ha llovido tanto estos días que por debajo de la piedra pasa un riachuelo con suficiente agua; no hace falta bajar a la laguna para abastecerse.

Bajo Piedra Grande, mi casa por una noche.
La carpa, armada dentro de la cueva.

Después del almuerzo hice una caminata cerca de la piedra y ubiqué otra piedra enorme que también tiene una cueva, así que fui a inspeccionarla. Está más arriba, a escasos 100 metros. Se apoya sobre otras tres piedras y por dentro forma una cueva donde cabe una persona de pie; no está acondicionada para acampar. Al entrar a filmar vi que por el centro pasa un caminito de un extremo a otro, que sale de una piedra y se mete debajo de otra, y había excremento de animal, como de un perro pequeño. Salí rápido de allí por temor a encontrarme algún animal y regresé al campamento. La tarde pasó nublada, con muchos zancudos y moscas, pero sin lluvia. Lo único que se escuchaba era el canto de los pajaritos y mi respiración.

4:00 p. m. Por fin salió el sol. Se despejaron todas las montañas y tuve a mi alrededor un espectáculo de montañas y frailejones florecidos. Rápido saqué el cuaderno de apuntes y la brújula y ubiqué el próximo punto, el recorrido de mañana. Subí a un pico para ubicarme bien, en una caminata de aproximadamente una hora: pasé al lado de la laguna La Iguana y a lo lejos se veía la Cruz de los Emparamados. Todo estaba muy claro y despejado. Ya con la certeza de cuál iba a ser mi ruta del día siguiente, regresé al campamento a descansar y reponer fuerzas.

Frailejones en flor alrededor de Piedra Grande.

6:00 p. m. Hora de preparar la cena; debo aprovechar la luz natural. Todo va según lo planeado: me apego al plan y al menú para que rinda la comida. Después de arreglar todo para acostarme, no logré cerrar la bombona: le quedó un escape de gas que no se quitaba. La única solución fue ponerla lejos, para que la brisa se llevara el gas y no se concentrara debajo de la piedra. Ya dentro de la carpa, con el cuaderno en la mano, estudié bien la ruta del día siguiente, porque ese trayecto es nuevo, nunca antes explorado: no hay caminos ni marcas. Ahí es donde comienza la verdadera aventura. Por eso estudié todos los detalles y puse la alarma para levantarme bien temprano, porque el camino es largo.

Lo que aprendí hoy: para llegar a la cima de una montaña hay que ir poco a poco, pero con constancia. Si me pierdo o me salgo del camino, es mejor regresar, buscar de nuevo el sendero, orientarme y continuar. Si el camino llega a un punto donde se divide en dos direcciones, es mejor dejar la carga allí y explorar primero una; si no es por ahí, regresar, agarrar la carga y seguir por la otra. Y la montaña más fácil de subir es la que ya has subido: conoces el camino y sabes qué hay arriba.

La montaña más fácil de subir es la que ya has subido.

De la bitácora

Llevo dos días practicando el silencio. Mi mente se está organizando y mi espíritu encuentra paz. Ya puedo concentrarme en mis metas y en mis sueños.

Nota: en el trayecto de la cruz a Piedra Grande marqué el camino en varios puntos con tres piedras, una encima de otra, formando tres columnas en la dirección que llevaba.

Feliz noche, familia. Que Dios los bendiga y la Virgen los acompañe siempre. Amén.

Día 3Miércoles 19 de abril de 2017

La pared, la cresta y el cucarachero

Ruta
Piedra Grande → desvío de 50° → crestas → valle de las seis lagunas
Noche
Entre dos piedras, sobre las seis lagunas
Clima
Neblina hasta el mediodía, luego sol

Antes que nada, quiero dar gracias a mi Dios, a mis santos, a mis ángeles y a mi Virgen, que me han protegido en todo momento. Amén.

La noche del martes hubo truenos y relámpagos a todo dar. La lluvia fue fuerte y el riachuelo que corre por debajo de la piedra, al lado de la carpa, se escuchaba crecido. No sentí frío en absoluto, porque la piedra me protegía de la brisa. A las 5:00 a. m. sonó la alarma, pero al ver que todo estaba muy oscuro decidí dormir una hora más y la puse para las 6:00. No hizo falta: me despertó el canto de los pajaritos dándome los buenos días. Me levanté rápido y fui a revisar la bombona; aunque la había puesto lejos para que el aire se llevara el olor, toda la noche olí a gas y me preocupaba quedarme sin él. Suerte la mía: todavía tenía. A preparar el cafecito y el desayuno, que el camino me espera.

8:00 a. m. Me despedí de Piedra Grande con mucho dolor por la cantidad de basura que hay en ese sector, sin poder hacer nada más que recoger la mía. Comencé el recorrido en una mañana nublada, pero sin lluvia, subiendo por el camino ya establecido. Mi ruta coincide con un camino que va de Piedra Grande al valle de La Ciénaga, y eso es una ayuda, porque está bien demarcado. Poco a poco fui subiendo hasta la montaña más alta y por fin llegué al punto que había establecido para hacer anotaciones. No se veía nada a mi alrededor; todo estaba tapado. La neblina era tan espesa que dejé el morral al lado del camino para inspeccionar por dónde seguir, y luego no lo encontraba.

Despedida de Piedra Grande.
Un frailejón en forma de cruz, en plena neblina.

Aquí hago un paréntesis para decir que de este punto en adelante la cosa se pone difícil y peligrosa. Muy peligrosa.

Como no podía ver el siguiente pico para marcar la ruta con la brújula, comencé a descender por unas rocas y peñascos empinados, buscando y buscando por dónde bajar, sin un solo arbusto del cual agarrarme. Decidí darle la espalda al abismo y bajar así, para poder meter las manos en las grietas de las rocas y tratar de poner los pies en roca firme. Fui bajando poco a poco. A mitad de camino, cuando me faltaban unos 20 metros, pisé una piedra que se soltó. Por suerte tenía la mano derecha bien metida en la grieta de una roca y logré sostenerme: no caí al precipicio. Solo me di un golpe en la rodilla. Sí, en la rodilla derecha, qué casualidad. Pero en ese momento el dolor no llegó; el miedo a caer era más grande, y en ese instante solo pensaba en agarrarme bien y encontrar otra piedra donde apoyarme. De allí para abajo tuve muchísima precaución al pisar y logré bajar con bien. Muchas cosas me pasaron por la cabeza, todas a millón; el riesgo de caer era muy grande.

Ya caminando por el valle, empezó a aclarar y divisé a lo lejos una laguna. Como por arte de magia, todo se despejó. Volteé para ver por dónde había bajado y me dije: «¡Qué pared tan arrecha bajé!». De verdad era empinada; no salía del asombro. Seguí bajando hasta la orilla de la laguna y, ya pasándola, más relajado, observé todo el panorama e hice mediciones con la brújula. Sorpresa: me había salido de la ruta. Estaba perdido; me había desviado 50° de la dirección que tenía que seguir. Subí un pico para ver todo y noté que, si seguía el valle, me llevaría más abajo, y esa no era la ruta. A mi derecha vi una montaña que, según la brújula, era el camino correcto. Caminé hasta el pie de la montaña y me dije: «No voy a poder subir; es muy empinada». Descargué el morral, comí papelón y me fui a explorar por dónde podría subirla.

Peñascos de la bajada, entre la neblina.
La laguna que apareció cuando se despejó todo.

Al rato encontré el paso: subiría entre dos rocas enormes hasta un punto donde tendría que quitarme el morral, lanzarlo encima de una meseta y luego saltar yo. Todo se veía muy fácil, pero al empezar a subir con el morral a la espalda… ¡Dios, qué difícil! Subía dos metros y me resbalaba; tenía que volver a empezar. Lo hice tres veces hasta que llegué. No lancé el morral por miedo a que se cayera y tener que hacer todo otra vez, así que decidí saltar con el morral puesto. Claro, lo pensé muchas veces, pero al final salté y llegué muy bien. Prueba superada.

Pensé que eso era lo más difícil y que de allí en adelante el camino sería más fácil. No sé de dónde saqué fuerzas, pero esa montaña fue muy difícil de subir: cada vez encontraba más obstáculos, que poco a poco iba superando. A unos 30 metros de la cima, el paso por donde subía escalando se puso más empinado y más peligroso; no había vegetación de dónde agarrarse, solo musgo resbaladizo. En un intento por alcanzar la punta de una piedra resbalé, retrocedí como cinco metros y me frenó el morral, que se atascó en un arbusto. De dónde saqué fuerzas para salir de semejante apuro, solo Dios lo sabe. Después de un rato logré escalar hacia un costado y tomar otra ruta que, al final, fue más fácil y menos empinada. Desde el pie de la montaña había visto lo peligroso de la subida y había tomado previsiones: guardé la brújula, la cámara y la filmadora, que llevaba en los bolsillos, para que no se me cayeran si resbalaba. Y de verdad funcionó.

Al llegar a la cima descansé, me tomé con papelón el último sorbo de agua que me quedaba y me quedé impresionado por la magnitud de la montaña que acababa de subir y, al fondo, de la que había bajado. Ese desvío me costó muchísimo esfuerzo, pero ya estaba otra vez en la cima. Allí volví a sacar la cámara, la filmadora y la brújula, y documenté todo.

De nuevo en la cima, después del desvío.

Seguí por la cresta de una montaña que llevaba a otro pico y, a mitad de camino, se tapó todo: una neblina tan espesa que no se veía nada. Continué con precaución en dirección al otro pico, pero no veía nada. Caminaba solo por instinto, porque no estaba ubicado, y sin agua, porque ya me la había tomado toda. Empecé a pedirle a mi Dios que me aclarara un poco el día, que me diera una señal para poder ubicarme. Estaba agotado; había recibido un golpe fuerte en la rodilla derecha, pero no sentía dolor: solo quería caminar y caminar hasta llegar a la cima.

Llegué a un punto donde el sendero se dividía en dos, y de nuevo le pedí a Dios una señal. A lo lejos escuché el canto de un pajarito, pero no le presté atención. Iba a tomar a la derecha cuando volví a escucharlo, y esta vez sí logré verlo —creo que era un cucarachero—. Enseguida me dije: «Esa es mi señal; voy en esa dirección», y tomé hacia la izquierda. Tendría unos cinco minutos caminando cuando comenzó a aclarar y logré ubicar el valle de La Ciénaga a mi derecha. ¡Qué alegría! Gracias, Dios: voy por buen camino, estoy ubicado y montado en mi ruta. Descansé un rato, filmé e hice varias fotos. A lo lejos se veía la Cruz de los Emparamados, el valle completo de La Ciénaga y, hacia la izquierda, el valle de las lagunas que dan hacia Pregonero y la laguna de García.

Al frente, en mi ruta, vi una montaña inmensa, un pico enorme, y me asusté, porque estaba en mi camino. Caminé hacia él y, para mi gran sorpresa, me encontré una piedra con una batea natural llena de agua clara. Me quité el morral y empecé a tomar agua, mucha agua. Luego llené el CamelBak y las dos botellas, que también estaban vacías; creo que al final llené más de cuatro litros, y todavía quedó agua en la batea. Ya era mediodía y sabía que apenas estaba corrigiendo el rumbo, así que decidí no hacer almuerzo y seguir caminando.

De ahí en adelante el clima fue espectacular: un sol radiante y todas las montañas despejadas. Por fin llegué al pico que había visto desde lejos y que me había asustado, pero me dije: «Nada que no pueda superar; por donde he pasado ha sido más difícil y peligroso». Las sorpresas no se acababan. Subí con prudencia el pico —que en realidad son dos— y al llegar a la cima descubrí que la única forma de pasar de uno a otro era por una cresta de unos 40 centímetros de ancho, con abismo a ambos lados, tan alto que parecía que estaba sentado en la cruz de la iglesia de mi pueblo, San José. Tardé como 15 minutos en cruzar esa cresta sentado a horcajadas, como quien monta a caballo, con el morral a la espalda y el viento soplando a todo dar. El morral se iba de un lado a otro; me inclinaba hacia adelante, apoyando el pecho en la roca para agarrarme fuerte, y así fui pasando hasta el otro pico. ¡Dios, qué grande eres! Logré superar ese obstáculo.

Picos de roca en la ruta.
Por encima de las nubes.

Seguí caminando. Dios, esto no se acaba. Llegué a un punto plano en lo alto de la montaña, descansé e hice mediciones y anotaciones de la ruta. Más adelante, otra montaña, otro pico que subir: todo por donde tenía que pasar. Ahora pensaba cómo hacer para bajar de esta montaña y luego subir el otro pico. En esos momentos de debilidad me venía a la mente el encuentro con el caballo blanco en la casa del señor Enrique, y me decía a mí mismo: «Tengo fuerzas como el caballo blanco». Comía papelón y seguía caminando.

Tengo fuerzas como el caballo blanco.

De la bitácora

Bajé esa montaña poco a poco hasta un punto donde no encontré cómo seguir: se terminó el camino, a menos que bajara con cuerda, y no llevaba cuerda. Dejé el morral y me fui sin peso a explorar toda la zona para encontrar una forma segura de bajar. Al rato ubiqué por dónde bajar y por dónde subir el siguiente pico. Todo ese trayecto fue así: subir un pico, bajarlo y luego subir otro. Ya ubicado, comencé a descender por un costado hasta unos arbustos que me ayudaron a pasar seguro hacia la otra montaña, donde comenzaría a subir por el pedregal. Al llegar a la cima, mi satisfacción fue encontrarme en un valle nuevo, sin lagunas, pero espectacular. Todo eso me daba fuerzas, porque ya pasaban las dos de la tarde y no había comido nada, solo agua y papelón.

De aquí en adelante el agotamiento fue extremo. Entre rocas, crestas y picos logré cruzar ese valle hasta el pico donde tenía ubicado el encuentro de tres lagunas que había identificado en Google Maps. Para mi sorpresa, no eran tres: ¡eran seis lagunas! Ese sector sería mi campamento, porque ya eran las cuatro de la tarde y no me quedaban fuerzas. Comencé rápido el descenso; era empinado, pero después de todo lo que había pasado no le vi dificultad, y lo único que quería era llegar y tirar el morral para quitarme ese peso de la espalda.

Por fin llegué al valle de las lagunas. Caminé por la orilla de la laguna grande, donde encontré varios patos, y seguí hacia otra laguna muy cerca de allí, buscando dónde armar el campamento. Dejé el morral en la segunda laguna y subí una loma para ver mejor el lugar: vi dos lagunas más y un plano para acampar, así que bajé, agarré el morral y seguí hacia esas lagunas. La tarde había estado muy clara, despejada y con sol fuerte. Además de armar el campamento, pensaba que debía aprovechar el día despejado para ver la ruta del día siguiente, por si amanecía tapado de neblina; como el camino había sido tan difícil, quería observar bien el panorama. Así que no me detuve en las segundas lagunas: seguí subiendo hasta que las piernas no me dieron más. Allí volví a dejar el morral y seguí subiendo sin peso hasta una montaña alta desde donde pudiera ubicar la ruta.

Llegando al valle de las seis lagunas.
Una de las seis lagunas.

Ya en la cima sentí satisfacción: me ubiqué muy bien. A mi derecha estaban las seis lagunas que dan inicio a la quebrada La Honda, donde está la cascada La Honda, y a mi izquierda, una laguna grande que, a mi parecer, es la que da inicio al río San Antonio. Muy a lo lejos identificaba el Pico San José. Hice mis mediciones y me ubiqué con los mapas que llevaba. Gracias a Dios, toda la tarde estuvo despejada. Con la ruta clara en la mente, comencé a bajar a buscar dónde acampar; eran las 5:00 p. m. Entre dos piedras grandes, en lo alto de la montaña, había un plano donde podía armar la carpa, y las piedras me protegerían de las corrientes de aire de la noche. Bajé a buscar el morral para luego subir, armar el campamento y preparar el almuerzo-cena.

Otra vez la duda: ¿quedará gas? Armé la carpa rápido, saqué la comida y la cocinilla y… ¡sí hay gas, gracias a mi Dios! El guarapo caliente me cayó de maravilla. La comida fue abundante y me sentía contento de haber superado tantos obstáculos, tantos pasos peligrosos y tantos abismos: ya estaba descansando y me encontraba a mitad del camino, siempre pendiente de que no se me escapara ningún detalle. Después de comer bajé a las lagunas a lavar todo y a abastecerme de suficiente agua para el día siguiente, porque el camino sigue por las montañas hasta el Pico San José y ya no hay más lagunas donde abastecerse.

Ya dentro de la carpa, después de pasar más de una hora contemplando el atardecer y aplicando las técnicas de meditación que aprendí, me siento con muchas fuerzas. El poder de la mente sana toda dolencia del cuerpo y le devuelve las fuerzas a un cuerpo agotado. Nuevamente, gracias a mi Dios, a mis santos, a mis ángeles y a mi Virgen por protegerme. Sé que hoy estuvieron conmigo, sosteniéndome en esos precipicios y empujándome cuando subía esas montañas. Gracias, San José, por aclararme el día y guiarme por el camino correcto.

Que Dios bendiga a mi familia y nos dé mucha salud; que el alimento sea abundante en nuestros hogares. Dame sabiduría para hacer las cosas bien y ayudar a quien necesite de mí. Dale a mi familia abundancia, prosperidad, paz y amor, y que el ángel de la guarda los acompañe siempre. Amén.

Día 4Jueves 20 de abril de 2017

La Grieta y el Pico San José

Ruta
Seis lagunas → La Grieta → tres lagunas → tres filas de montañas → Pico San José
Noche
Pico San José
Clima
Despejado temprano; neblina y diluvio en la tarde

Empiezo contando cómo pasé la noche del miércoles: de descansar, nada. No pude dormir; mi mente estuvo repasando todo lo que hice en el día y, por más que intenté pensar en otra cosa, fue inútil.

Sonó la alarma: hora de levantarse. Eran las 5:00 a. m. y todavía estaba oscuro; quería aprovechar el día. Cuando fui a buscar la bombona para ver si quedaba gas y preparar café, me llevé una gran sorpresa: a lo lejos vi mi pueblo, todo iluminado. Se veía parte de El Altico, Mesa de San Antonio y La Florida, con sus luces en la oscuridad. Mientras preparaba el café y el desayuno, la cocinilla se apagó. Me dije: «Se acabó el gas». Pero agité duro la bombona y volvió a prender: sí tenía gas. Gracias a Dios, desayuné y me tomé un cafecito caliente.

Amanecer del jueves sobre las lagunas.
Allá abajo, mi pueblo: San José de Bolívar.

Después del desayuno recogí el campamento y me apresuré a agarrar camino: la mañana estaba despejada y había que aprovechar ese clima para ver la ruta. Algo me llenó de miedo: apenas al salir de donde estaba, tenía que comenzar la aventura bajando por un precipicio de unos 10 metros, y uno de mis pensamientos de la noche anterior había sido verme caer por ese precipicio hasta el fondo. Como la mañana estaba muy clara, y con la experiencia del día anterior, tomé todas las previsiones y bajé con mucho cuidado y con calma. Listo: obstáculo superado.

La ruta fue parecida a la del día anterior: subir picos para luego bajarlos; a otros les encontré la manera de rodearlos sin tener que subir, y así fui comiendo kilómetros. En la ruta que planifiqué, y en los mapas que hice, resalté un punto que llamé La Grieta: en Google Maps se ve con detalle que hay algo profundo, y en mi mente solo pensaba en cuándo llegaría a esa parte. A lo lejos veía varios picos muy altos y me detenía para tratar de ver cuál sería la opción más fácil para pasarlos.

Crestas de roca: subir un pico, bajarlo y subir otro.

Por fin llegué a La Grieta. De verdad era algo impresionante; sería el obstáculo más peligroso del día. En la orilla del abismo, sin el morral, estudiaba la manera de bajar y de subir el otro pico. La grieta era el espacio entre dos picos: no pasaba de seis metros de ancho y tenía unos 40 metros de profundidad. Busqué en el morral algo que sirviera de cuerda para bajar primero el morral y luego yo, pero no conseguí nada; solo tenía mi ropa, y no alcanzaba. El tiempo pasaba y no lograba bajar. Al final me puse el morral, lo sujeté muy duro al cuerpo y comencé a bajar de espaldas al abismo, tal como lo había hecho el día anterior: ya tenía la experiencia.

En el fondo de la grieta no duré mucho. Sin pensarlo tanto, comencé a subir por el otro lado y, a mitad de la subida, me quedé paralizado: ni pa'lante ni pa'trás. No tenía de dónde agarrarme y las piernas no me daban. Entonces comencé a subir apoyando las rodillas y usando pura fuerza de brazos para subir los escalones de roca. En ese momento resbalé, golpeé la rodilla izquierda contra una piedra y me lesioné la segunda rodilla. Ahora sí no podía ni cojear: me dolían las dos, pero tenía que salir de allí. De nuevo, en mi mente: «Fuerzas como el caballo blanco». Y funcionó: subí y llegué a la cima.

Entre dos picos, en el tramo de La Grieta.

Arriba vi una roca del tamaño de la iglesia de San José, separada del pico principal, que forma una figura como de un ave. Tomé varias fotos y seguí el recorrido. El esfuerzo hasta ese punto me había hecho tomar demasiada agua y ya me quedaba poca. Cada vez que llego a la cima de un pico o de una montaña disfruto el paisaje y repongo fuerzas con agua y papelón. Desde esa cima ubiqué bien la ruta y decidí que las tres últimas montañas antes de la cresta más larga del recorrido las iba a rodear bajando al valle. La decisión fue correcta: al empezar a bajar encontré un camino que me llevó hasta tres lagunas. Mi San José, otra vez guiándome: me quedaba como medio litro de agua. En las lagunas volví a recargar.

Las tres lagunas donde recargué agua.
Una de ellas, con forma de corazón.

Seguí el camino, que estaba bien demarcado, pero me iba alejando de las montañas, que eran mi ruta y mi manera de ubicarme. Decidí salir del camino y empezar a subir para llegar a una cresta grande y caminar por toda su cumbre. Ese trayecto lo hice muy lento: el dolor en las dos rodillas se estaba asentando. Otra vez, un pico inmenso y sin fuerzas para subirlo, así que tomé hacia la izquierda, bajé todo el valle y de nuevo encontré un camino bien definido. Desde ese valle se ve Quebrada Grande, y la neblina estaba empezando a subir. Seguí por el camino y pasó lo mismo que la vez anterior: me llevaba hacia abajo, cada vez más lejos de las montañas altas. Después de pasar dos picos altos por el valle, salí del camino y comencé a subir hacia otra cresta, uno de los puntos clave de la ruta para no perderme, porque allí hay tres filas de montañas y la única forma de ubicarme era llegar hasta ese punto.

Con las nubes a los pies, antes de que se tapara todo.

Entre arbustos y piedras sueltas me abrí paso hasta el sitio donde comienzan las tres filas de montañas. El tiempo cambió drásticamente: se tapó todo y no se veía nada. Ya era mediodía y todavía me faltaba camino. Hice las mediciones con la brújula, porque sin visibilidad tenía que asegurarme de cuál de las tres filas tomar. Según la brújula, debía tomar la de la izquierda, y así lo hice. Tendría unos 20 minutos caminando cuando, de pronto, la montaña empezó a bajar y bajar: ruta equivocada. Me regresé y tomé la fila del centro. Con poca visibilidad seguí adelante hasta encontrarme con otro pico y, ya sin fuerzas, volví a rodearlo bajando al valle. Y, caramba, me encontré con un camino que imaginé era el mismo que había tomado antes; pero como era la primera vez que estaba en ese sector, mi única orientación eran las montañas altas.

Seguí el camino por un trayecto bastante largo y me fue llevando hasta la cima de la montaña. Creo que ya caminaba por pura supervivencia: no tenía fuerzas, no había almorzado y el dolor en las dos rodillas era muy fuerte. Por fin llegué a la cima, todo igual de tapado, cero visibilidad. Ahí comenzaban dos filas de montañas: ¿cuál tomar? Saqué la brújula, me ubiqué con las coordenadas y los mapas que llevaba y tomé la de la izquierda. Por ese sector empezó a caer una llovizna leve que luego desapareció. Llegué a un punto donde ya no había más montañas altas y el camino empezaba a bajar. Me preocupé. Dejé el morral en el camino y subí a unas piedras muy altas para tratar de ver algo: imposible, todo tapado. Empecé a orar para que mi Dios me aclarara el día y pudiera ver dónde estaba.

Ya eran las 4:00 p. m.; no había comido, no tenía fuerzas y estaba buscando dónde acampar sin saber dónde me encontraba. Por momentos aclaraba un poco, y lo que veía a mi alrededor eran piedras blancas, todo eran piedras blancas, pero no tenía idea de dónde estaba. Bajé a donde había dejado el morral y busqué dónde armar la carpa; el dolor en las rodillas no me dejaba dar un paso más. Terminé armándola en pleno camino, porque no encontré otro lugar. Empezó a lloviznar, y estaba contento de haberme adelantado a la lluvia y no mojarme.

En un momento dejó de llover y salí de la carpa. Eran las 4:30 p. m. y se aclaró todo: pude ver dónde estaba. A mi derecha, la montaña por donde baja la quebrada La Pajuilera; atrás, todas las montañas por donde venía, y también la montaña de las antenas de El Altico. Sin pensarlo dos veces salí corriendo a la cima de las piedras grandes para ver todo el panorama y, para mi sorpresa, ya estaba en el Pico San José… y no lo sabía.

Al llegar arriba vi mi pueblo despejado; a la derecha, Los Pajuiles; a la izquierda, Mesa de San Antonio y Mesa de Guerrero. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Estaba en el Pico San José. Lo logré. Qué dura fue la ruta, pero lo logré.

Busqué piedras grandes para identificar el sitio: tres piedras, una encima de otra, formando tres columnas. Encima de la roca gigante —del tamaño aproximado de una casa de tres pisos— coloqué una laja parada de unos 50 centímetros de alto y le puse varias piedras alrededor para que se sostuviera de punta. Ya había empezado a llover, pero no me había dado cuenta; mi emoción era tal que no sentía la lluvia. Me quité el crucifijo que llevaba en el cuello, lo coloqué en la piedra y así cumplí mi promesa: bauticé esa montaña, esa roca, como el Pico San José.

Los mojones: tres piedras, una encima de otra.
La laja con el crucifijo, fotografiada a la mañana siguiente.

La lluvia ya era intensa. Reaccioné, di gracias a mi Dios por todo y bajé rápido a la carpa. Me quité toda la ropa mojada y me quedé acostado un rato. La lluvia era fuerte; solo se escuchaban truenos y relámpagos. Pensé que esa lluvia era el bautizo. Saqué el Dencorub y unas vendas para ponérmelas en ambas rodillas: ¡guao, estaban muy inflamadas! No podía doblar las piernas. Fue en ese momento cuando decidí regresar al pueblo y no continuar hacia el pico El Lajón, como lo tenía previsto. Mi objetivo principal, mi meta, era llegar al Pico San José, y ya lo había logrado. Me quedaba bajar a la vía principal, y debía hacerlo con prudencia por la lesión de las rodillas.

Las rodillas vendadas, dentro de la carpa.

Ya es de noche; creo que son como las 8:00 p. m. La lluvia se intensificó: está cayendo un diluvio, la brisa es fuerte y los relámpagos iluminan todo a mi alrededor. Doy gracias a mi Dios por la vida. Estoy muy agradecido: fueron días difíciles, pero hoy se hizo realidad mi sueño, esa meta que escribí y planifiqué hace más de dos años. Hoy se cumplió. Comprendo que el poder de la mente lo puede todo.

Llevo cuatro días en la montaña, y todas las tardes, antes de acostarme, aplico las técnicas de meditación que estudié. Son las que me han ayudado a completar este viaje. Bloquear cualquier dolor, recuperar las fuerzas perdidas, tener valor y fuerzas para seguir luchando: eso es lo que aprendí. La soledad y el silencio me ayudaron a concentrarme, y hoy, desde lo más alto de estas montañas, veo mis problemas muy pequeñitos.

Desde lo más alto de estas montañas veo mis problemas muy pequeñitos.

De la bitácora

Mañana viernes será muy difícil: no hay camino para bajar de donde estoy y, por más que trato de bloquear el dolor, no puedo doblar las piernas. Le pido a Dios que me dé descanso esta noche para recuperarme del todo y mañana bajar rápido a la carretera principal. Creo que puedo. Sé que puedo, y lo haré.

Feliz noche, familia. Los amo mucho; mi mente está con ustedes en todo momento. Que Dios los bendiga y los acompañe siempre. Amén. Hasta que nos volvamos a ver.

Día 5Viernes 21 de abril de 2017

Once horas para salir de la montaña

Ruta
Pico San José → quebrada y cascadas → potrero
Noche
Un potrero, al pie de la montaña
Clima
Mañana clara; bosque cerrado y sin camino

Un nuevo amanecer, un nuevo día. Feliz de estar en lo más alto de las montañas, donde los problemas se ven pequeñitos. Buenos días, Pico San José. Mis oraciones y mis pensamientos hicieron lo suyo: tengo fuerzas y la emoción es enorme. Subo a lo más alto de la piedra a tomar las primeras fotos de mi pueblo. La mañana está clara y todas las montañas están despejadas. Al fondo, a lo lejos, se ve mi pueblo: ¡qué vista tan espectacular! Todo el valle está despejado; San José de Bolívar es enorme. Hago varias filmaciones para el recuerdo. Estoy en la cima y me siento bendecido por Dios.

El campamento en el Pico San José.
San José de Bolívar, visto desde el pico.

Después de un rato disfrutando de este espectáculo que me brinda la naturaleza, bajé al campamento a revisar el equipo: todavía había gas. Preparé un guarapo caliente y desayuné paledonia con queso ahumado. Recogí todo rápido; quería regresar a mi pueblo lo antes posible. Como había decidido la noche anterior, di por terminada la aventura y no continué hacia el pico El Lajón. Tomaría el camino demarcado que pasaba justo donde armé el campamento: un camino limpio que me sacaría rápido de la montaña.

El valle despejado, la mañana después del bautizo.

Ya en ruta, con el morral a la espalda, a los 30 minutos el camino empezó a desaparecer, hasta que no quedó camino: solo frailejones y arbustos pequeños. Seguí bajando por el costado de la montaña hasta donde comienza la vegetación de bosque. Allí tenía dos opciones: regresar hasta el Pico San José y bajar por la ruta que ya tenía planificada —que sabía que era por dentro de la montaña, entre la vegetación—, o seguir bajando por donde estaba, tratar de llegar al callejón que veía abajo, a lo lejos, y luego seguir el cauce de la quebrada, que seguramente me llevaría a la vía principal. Llevaba dos horas bajando y no quise regresar: decidí seguir bajando.

La bajada hacia el bosque. Aquí empezaron las 11 horas.

Entre arbustos y rocas fui bajando hasta llegar al callejón. Caminé por ese sector con la vegetación cada vez más espesa y con mucha dificultad para abrirme paso. Con la machetilla en la mano fui abriendo camino. Bajaba por la quebrada, pero no tenía agua, y lo más extraño es que la noche anterior había llovido muchísimo. Corté un palo en forma de garabato y me ayudé con él para avanzar. Fueron tres horas muy difíciles en ese trayecto. A la machetilla se le partió el mango y tuve que guardarla; seguí abriendo camino solo con el garabato.

A lo lejos, abajo, escuché correr el agua y me preocupé: pensé en una cascada. Pero al final me di cuenta de que era la quebrada, que salía de debajo de las piedras y de la vegetación: era un río subterráneo. De allí en adelante fue más fácil; ya no había tanta vegetación, pero cada vez salía más agua entre las piedras. Más abajo se unió otra quebrada, el caudal aumentó y el ruido era mucho más fuerte. A solo cinco minutos de donde se unieron las dos quebradas encontré un salto de agua de unos cuatro metros. Me preocupé, pero logré bajarlo por un costado, agarrándome de las raíces de un árbol. En ese instante saqué la cámara, tomé varias fotos y comenté: «Primera cascada, y ya la bajé. ¡Qué bien!». Se me mojó todo el morral.

Seguí quebrada abajo hasta que el ruido del agua me sorprendió: había llegado a la cabecera de una cascada de unos 30 metros de caída. Por más que busqué la manera de bajarla, no la encontré. Las únicas soluciones eran regresar o bajar en rapel, pero no llevaba cuerda. La otra opción era bordear la cascada por la montaña, a mano izquierda, y la única forma de salir del hueco donde estaba era subir por dos bejucos que colgaban allí y luego agarrarme de las raíces de un árbol, a unos cinco metros de altura. Quise aligerar peso, porque al bajar la cascada pequeña el chorro de agua golpeó el morral, lo mojó todo y el peso se multiplicó, pero no encontré qué dejar. Así que me puse el morral, lo sujeté muy bien y comencé a subir por el bejuco, con las rodillas contra las piedras y agarrándome fuerte de las raíces, hasta que logré subir. Me abrí camino por la montaña, a un costado de la cascada, y fui bajando hasta calcular que ya la había pasado. Entonces bajé de nuevo a la quebrada para seguir por su cauce.

Fue entonces cuando, a lo lejos, abajo, divisé entre la vegetación otra cascada, y pensé: «Me va a pasar lo mismo; no voy a poder bajarla, porque no llevo cuerda ni equipo para descender». Seguí abriendo camino entre la vegetación y subiendo la montaña. Al rato vi otra quebrada que venía de otra montaña y, al llegar a ella, quise seguir su cauce hasta la unión con la quebrada principal. Pero, para mi mala suerte, vi a lo lejos, abajo, la cascada más alta que haya visto en mi pueblo, San José, y me dije: «El cauce de la quebrada no es opción para salir de esta montaña».

La única opción era seguir abriéndome camino entre matas de mora, arbustos con espinas y árboles caídos. El recorrido fue durísimo. Pensé que lo que había vivido en La Cimarronera era difícil, pero esta travesía me estaba consumiendo todas las fuerzas. Lo único que se veía era montaña y más montaña. Sin fuerzas en las piernas, con dolor en ambas rodillas y las manos llenas de sangre por las espinas, di un paso en falso y rodé montaña abajo, como dos pisos de altura, hasta que me detuvo un árbol enorme. No me levanté. Me quité el morral y me quedé sentado, más bien tirado, descansando. No podía más.

No sé si fueron señales o el instinto de supervivencia lo que me hizo subir a ese mismo árbol que me había frenado. Logré subir unos diez metros para poder ver algo que me diera un respiro, alguna señal de que faltaba poco. A lo lejos vi un potrero, y esa fue mi alegría. Se veía muy lejos, pero era un potrero; estaba seguro. Rápido asocié: potrero-ganado, ganado-camino. Saber que me faltaba poco me dio fuerzas. Agarré el morral —calculo que pesaba como 30 kilos—, me lo puse y seguí abriendo camino. Ya sabía que iba bien y que pronto saldría del monte.

En un punto del recorrido ya no había árboles grandes de cuyas raíces agarrarme para seguir bajando; solo arbolitos pequeños, parecidos a las palmas, pero con el tronco lleno de espinas, y no había otro lugar por donde pasar. Con la mente puesta en el potrero y en que pronto saldría, me agarré fuerte de esos troncos llenos de espinas y me abrí paso. Fue un momento muy difícil: si no me sujetaba duro podía caer, y el barranco era muy alto. Cada vez aparecían nuevos obstáculos difíciles de superar. No había comido nada y llevaba más de diez horas en la montaña.

En mi desesperación por salir rápido de ese lugar, resbalé y metí la pierna derecha entre dos piedras que estaban tapadas por la vegetación. La caída fue brusca y fuerte. Me quedé varios minutos boca abajo, sin poder moverme, con la pierna en el hueco y el peso del morral sobre la espalda. Las lágrimas me salían sin parar. Fue muy difícil salir de ese embrollo. Para tratar de controlarme, tomé agua y comí papelón, lo único que me daba fuerzas. Después de unos cinco minutos de descanso, seguí.

A las 6:15 p. m., por fin, vi el potrero a solo diez pasos. Salí de la montaña corriendo a su encuentro. ¡Qué alegría, salí vivo de la montaña! Bendito seas, Dios. Me acerqué a un arroyo que pasa por el centro del potrero, me quité toda la ropa mojada, llena de barro y de espinas, y me puse ropa limpia, igual de mojada, pero ya sin espinas. Comí paledonia con mucha agua y, después de unos 20 minutos de descanso, empecé a buscar el camino que me sacaría del potrero rumbo a la carretera. Busqué y busqué, y no lo encontraba. El morral me pesaba mucho, así que lo dejé encima de una piedra y comencé a explorar con detalle todo el potrero buscando el inicio del camino. Al rato lo encontré. Me metí por él en la montaña y, de pronto, levanté la vista y no veía nada: ya estaba muy oscuro para entrar al bosque. Mi decisión, como todas en esta aventura, fue muy acertada: armar campamento en el potrero y pasar la noche allí.

Al terminar de armar la carpa y sacar las cosas del morral vi la hora: ya eran las 7:00 p. m. No me había dado cuenta del tiempo. Fueron 11 horas de recorrido desde que salí del Pico San José hasta llegar al potrero, sin comer, solo con papelón y agua. Es el recorrido más duro y difícil que he hecho. Ni siquiera el día que pasé por los picos más altos de La Cimarronera fue tan difícil como esto: salir de la montaña.

Ya en la carpa revisé el equipo: a la cocinilla se le perdió una pieza, pero, sorpresa, todavía había gas y prendía. Perdí una botella de agua y un aislante. Como todavía había gas, preparé guarapo caliente y comí con las arepas de trigo que llevaba, que, claro, estaban todas hechas burusa y mojadas.

Acostado y listo para descansar, me invade la preocupación: en las observaciones que le dejé a mi familia escribí que estaría bajando de la montaña hoy viernes y que llegaría al pueblo en la tarde. Todavía sigo en la montaña. Espero que mi familia no se preocupe por esto. Doy gracias a mi Dios, porque sé que ha sido misericordioso conmigo. He sido premiado: mis santos y mis ángeles no me abandonaron. Cuando llegué al potrero sentí que mi Virgen me esperaba con los brazos abiertos.

La bendición para mi familia. Estoy muy agotado.

Día 6Sábado 22 de abril de 2017

«Te están buscando por todas partes»

Ruta
Potrero → Mesa Grande → Quebrada Grande → hospital del pueblo
Noche
De regreso en casa
Clima
Sol entre los árboles

Buenos días, familia. Son las 6:00 a. m. y ya estoy de pie arreglando todo, porque me voy para mi pueblo. La carpa está llena de babosas; me imagino que es por el pasto. La noche la pasé de lo mejor: el cansancio me hizo dormir como una piedra, y estar a menor altitud, con el pasto como colchón, me ayudó a reponer energías. Dormí muy cómodo. Limpiar la carpa de tantas babosas me llevó tiempo. No preparé desayuno ni café, aunque tenía gas; lo único que deseaba era salir de ese lugar.

Dejé el morral preparado encima de una piedra y fui a inspeccionar el camino que encontré anoche, para verificar que fuera el correcto. Ya entrando al monte, sorpresa: un árbol caído, un barranco, y el camino desaparece. No era la ruta. Menos mal que anoche me regresé y no seguí subiendo. Seguí buscando el camino por todos lados. Por mi experiencia en supervivencia y como montañista, sé que en lugares así, donde la vegetación crece rápido y tapa el camino, los lugareños descortezan los árboles para dejar marcas: les quitan la corteza a los más grandes a unos dos o tres metros de altura, para que sigan marcados con el paso de los años. Después de 20 minutos buscando la salida del potrero, vi una de esas marcas en un árbol. Me acerqué y vi otra, y luego otra, y eso me llevó al comienzo del camino. Caminé unos tres minutos montaña adentro y, sí, confirmado: era el camino correcto. Bueno, a bajar a buscar el morral, que había dejado sobre la piedra a unos 800 metros del inicio del camino. Es tedioso regresar a buscar el morral, pero es la única manera de moverse rápido para explorar la zona.

Con el morral a la espalda caminé unos 40 minutos dentro de la montaña, pura subida, abriéndome hacia la izquierda, y me encontré con otro potrero. Caminé hasta el centro, dejé el morral sobre un tronco y empecé a buscar el camino, pero el pasto era tan alto que no se veía ninguno. Por más de una hora caminé buscando el camino que me sacara de ese segundo potrero. Por primera vez en todo el recorrido tuve un momento de debilidad y me desesperé: empecé a gritar para ver si alguien me escuchaba y me orientaba. Ya eran las 9:00 de la mañana y todavía no sabía dónde estaba.

Me senté al lado del morral, me calmé y le pedí a Dios una señal, solo una señal que me guiara a la salida de aquel hueco. Al rato quise explorar otra vez y vi, entre los árboles, en lo alto del potrero, que los rayos del sol comenzaban a entrar e iluminaban el pasto. Me dije: «Esa es la señal que pedí». Me monté el morral y comencé a caminar en esa dirección. Al rato llegué al final del potrero y encontré una cerca; caminé por toda su orilla hasta un portillo que me sacó a una loma sin árboles, totalmente despejada. Esa era mi señal. Gracias, San José.

Comencé a subir la loma y, al llegar a la cima, caí de rodillas de la impresión. ¡Dios mío, qué grande eres! Veo casas, veo la carretera: estoy en Mesa Grande. No paro de llorar de alegría. Me cuesta levantarme, tengo las rodillas muy maltratadas, pero solo falta bajar esta loma y llegar a la carretera. La bajada la hice despacio, con calma; ese camino fue eterno, nunca terminaba. Bajaba y bajaba, hasta que por fin pasé por detrás de la casa del señor Laurean y, entre potreros y más potreros, salí a la carretera principal. Lo primero que hice al pisar la carretera fue arrodillarme, tocar la tierra con las dos manos y dar gracias a Dios.

Ya en la vía principal, más arriba de la escuela Pedro Camejo, escuché voces en la primera casa que vi a la izquierda y, sin pensarlo dos veces, pegué un grito de saludo. Quería que me regalaran agua y me prestaran un teléfono para llamar al pueblo y avisarle a la familia que ya había bajado de la montaña. Salió una muchacha que, muy amable, me dio un vaso de agua y me prestó un teléfono. Le comenté que llevaba seis días en la montaña y que quería avisar que estaba bien.

La primera llamada fue a mi esposa, Yelitza. Me contestó y le dije:

Enseguida reconoció mi voz, supo quién era y empezó a pegar gritos y a dar gracias a Dios de que estuviera vivo. No me dejaba hablar.

Me quedé sorprendido con todo lo que me dijo. Yo sabía que les había avisado que bajaría el viernes en la tarde; ya era sábado y eran las 11:00 de la mañana. El teléfono de la muchacha repicó; ella contestó y me dijo: «Es para ti». Era Yelitza otra vez. Me dijo que me quedara allí, que ya me iban a buscar, y me contó que tres grupos de búsqueda habían salido a buscarme desde el viernes en la tarde-noche: uno estaba por la laguna Río Bobo y haría todo el recorrido que yo había dejado escrito; otro se fue por la laguna La Ciénaga para acortar camino, y el tercero subió por Los Pajuiles rumbo al pico El Lajón, que según mi ruta sería mi destino final. Yo solo escuchaba, sorprendido. No tenía nada que decir.

Escuché el ruido de un carro y le dije: «Viene un carro; voy a pedir la cola y me voy para el pueblo. Te llamo luego». Le di las gracias a la muchacha por todo; de verdad, fue muy amable. Bajaba un camión, le pedí la cola y me monté en la parte de atrás. Tendríamos como diez minutos rodando cuando subía en una moto Caspino, voluntario de Defensa Civil, que al verme me gritó: «¡Epa, Freddy!». Más atrás subía la ambulancia. El camión se paró y me dijeron: «Pásate a la ambulancia; nosotros te llevamos».

Ya bajando hacia el pueblo, recostado en la camilla, me contaron todo lo que estaba pasando, todos los rumores y comentarios que corrían en el pueblo sobre mi búsqueda. Mi asombro era cada vez más grande. Al llegar al hospital no me pude bajar: mis piernas no respondían. Al venir recostado en la camilla me relajé tanto que los músculos perdieron toda la fuerza y no pude caminar. Me entraron al hospital en silla de ruedas. Ya en la camilla de emergencia, cuando me quité la ropa para que el doctor Enrique me evaluara, me di cuenta de todas las heridas y hematomas que tenía en el cuerpo. Era impresionante: no había un solo lugar sin heridas, y las rodillas estaban superinflamadas, producto de la lucha que tuve con la montaña. El diagnóstico principal fue deshidratación. Me pusieron tratamiento intravenoso y me pasaron a la sala de observación.

Desde la camilla de emergencia escuchaba a la gente que llegaba y preguntaba si me habían bajado vivo o muerto. Los comentarios eran muy fuertes. Lo único que yo quería era bañarme, comer y acostarme a dormir; el cansancio era total.

Con todo lo que escuché, le doy gracias a mi Dios por esta oportunidad de vida que me dio, y a todas las personas que elevaron una oración por mí, a las que fueron a buscarme y a las que estuvieron pendientes en todo momento de mi regreso: Dios les pague. Fue una experiencia única en mi vida, que quedará para el recuerdo. Hice la aventura más loca de mi vida y regresé con bien para contarla. Gracias, San José.

AnexoCarta a mi familia: la «Ruta Abreu» planeadaLa nota que dejé el día que salí, con los rumbos de brújula de cada tramo.

Parque Nacional General Juan Pablo Peñaloza, La Cimarronera

Primer día · lunes 17-04-2017

Desde San José de Bolívar iré en moto hasta la Estación de Truchicultura de Los Pajuiles, a las 7:30 a. m. Luego tomaré el camino que lleva a la finca de Enrique Chacón, para entrar al parque nacional y llegar a El Pino. Continuaré hasta la laguna Río Bobo, donde haré el primer campamento. Recorrido aproximado: 5 km.

Segundo día · martes 18-04-2017

Desde la laguna Río Bobo iré hacia una laguna seca que está a 150° con respecto al norte; de allí seguiré hacia la Cruz de los Emparamados, a 170°. Desde la cruz seguiré hacia el valle de Piedra Grande, específicamente a la laguna Grande, a 110°; luego a la laguna La Iguana, a 140°, y por último a 80°, hacia mi destino: Piedra Grande, donde haré el segundo campamento. Recorrido aproximado: 3,5 km. (Llevar agua suficiente).

Tercer día · miércoles 19-04-2017

Desde Piedra Grande me dirigiré a 230°, hacia la montaña alta que da inicio al valle de La Ciénaga. Desde ese punto iré a 200°, cruzando todo el valle de La Ciénaga hasta la montaña más alta. Desde ese punto alto, inicio de la «M», me dirigiré a 170°, caminando por los picos más altos de varias montañas, hasta el final de la «M», y en ese sector buscaré dónde acampar. En el sentido de la ruta tendré cuatro lagunas a la derecha y una a la izquierda. En el lugar de las cuatro lagunas haré el tercer campamento. Recorrido aproximado: 3,7 km o 7,7 km. (Llevar agua suficiente).

Nota: si llego temprano, al mediodía, continuaré la ruta a 140°, hacia La Grieta, y desde allí a 160°, hacia el pico La Palma o Pico San José (el nombre está por definir y hay que verificar si es el correcto). Desde el pico alto continuaré a 180°, hacia la Cresta de Gallo, y buscaré la laguna La Isla a mano izquierda, verificando que a mano derecha haya otra laguna. En ese sector haría el tercer campamento.

Cuarto día · jueves 20-04-2017

Depende de dónde haga el campamento. Si es en las cuatro lagunas, continuaré a 140°, hacia La Grieta, y desde allí a 160°, hacia el pico La Palma o Pico San José (el nombre está por definir y hay que verificar si es el correcto). Desde el pico alto continuaré a 180°, hacia la Cresta de Gallo, y buscaré la laguna La Isla a mano izquierda, verificando que a mano derecha haya otra laguna. En ese sector haré el cuarto campamento.

Si el campamento lo hago en la laguna La Isla, entonces subiré a la Cresta de Gallo y me dirigiré a 170°, comienzo de la «Y». Desde ese punto iré a 135°, donde hay dos vías; tomaré la de la derecha y me dirigiré a 235°, donde se encuentra el Pico San José (nombre por definir). Desde ese pico iré a 225°, donde comienza el descenso fuerte; tomaré a mano izquierda entre las crestas, seguiré bajando y tomaré a la derecha hacia el pico El Lajón. Recorrido aproximado: 7,5 km. (Es necesario llevar agua suficiente).

Quinto día · viernes 21-04-2017

Desde el pico El Lajón descenderé por los potreros hacia la carretera principal y la Truchicultura, mi refugio; luego, por carretera, en moto hasta el pueblo de San José de Bolívar.

Observaciones

  1. En cada punto de control, donde haga mediciones con la brújula, colocaré tres mojones de piedra separados 50 cm entre sí, que indicarán hacia qué dirección va la ruta, como una flecha.
  2. Desde Piedra Grande se debe llevar suficiente agua: las cuatro lagunas están a unos 4 km de distancia y la siguiente laguna, a unos 3,7 km más. De allí en adelante no hay más lagunas; puede haber una pequeña cerca del Pico San José, pero el trayecto es crítico, porque el único lugar seguro para conseguir agua es al bajar del pico El Lajón, en los potreros.
  3. Llevar un machete, porque desde el Pico San José hasta El Lajón es montaña virgen, sin camino, y la vegetación es alta: hay que abrir camino. En ese sector marcaré los árboles grandes quitándoles la corteza, de modo que se vea de lejos: tres marcas por árbol.